el pollito que podía pensar

En una granja del campo, donde vivían distintas clases de animales, una de las gallinas puso varios huevos. Estuvo empollándolos el tiempo necesario, hasta que un día, uno empezó a resquebrajarse y salió el primer pollito: tembloroso y con dificultad, consiguió dejarlo y empezar a caminar. Poco a poco todos los demás le fueron siguiendo, excepto uno de los huevos, que continuaba sin romperse. Pasaron varios días y la gallina se ponía encima persistente para darle calor, extrañada de que aún no se hubiera quebrado para que saliera el pollito que quedaba. Dentro del huevo, el pollito seguía creciendo, pero a diferencia de los demás que ya habían dejado atrás la cáscara que los protegía mientras se formaban, éste tenía la facultad de pensar. Y se preguntaba si sería capaz de romper el envoltorio que lo rodeaba, si tendría suficiente fuerza, si podría salir y qué sería lo que le esperaba fuera. Estaba asustado, temeroso y no hacía nada por romper su cascarón, allí se sentía seguro.
Sucedió lo inevitable: su propio tamaño hizo imposible que continuara en el interior del huevo, que acabó agrietándose. Aunque le costó un esfuerzo, ya que tenía mucho miedo, se aventuró a salir y empezó a observar todo lo que los demás pollitos llevaban días aprendiendo: caminar, buscar y reconocer a su madre entre las demás gallinas, dejar que ésta les ayudara a alimentarse… ellos seguían su instinto puesto que no podían pensar, y dejaban que lo que estaba en su naturaleza se manifestase sin plantearse nada más.
Al pollito novato le costó más adaptarse, pero finalmente lo consiguió y vio que no era tan complicado como había imaginado. Hasta que dentro de su desarrollo llegó una nueva etapa: empezar a conseguir alimento por sí solos. Los demás pollitos imitaban a la gallina madre, cazaban gusanos y picoteaban rastrojos aquí y allá, bebían agua de una acequia o de un recipiente que quedaba a su alcance. El pollito rezagado volvió a hacerse las mismas preguntas: ¿seré capaz de atrapar gusanos? ¿encontraré grano o semillas para mí? ¿podré llegar al borde de la acequia para beber? ¿tendré suficiente para sobrevivir? Impulsado por la necesidad y con el temor de no conseguirlo, creía que sus hermanos eran sus enemigos y habría de competir con ellos, incluso luchar, para no morir de hambre, sin darse cuenta de que había suficiente para todos ellos y de que los otros, incluso colaboraban entre sí para encontrar alimento. No podía evitar sentirse diferente y aparte, como si llevara una marca invisible que lo separaba de sus iguales.
Y así, se repitió lo mismo en cada nueva etapa de su crecimiento, con cada nuevo aprendizaje, en todas las situaciones distintas: una y otra vez, se preguntaba si estaba tomando la decisión adecuada y sentía un miedo profundo a no lograrlo. Y en cambio, aunque con mayor dificultad que los demás debido a sus temores, siempre acababa por conseguir lo mismo que ellos.
Y ahora, yo te pregunto: ¿quién crees que tiene más mérito, los pollitos que seguían su instinto y hacían lo que estaba en su naturaleza porque no se planteaban nada, o el que tenía un gen extraño que le permitía pensar y le llevaba a tener dudas, miedos e inseguridades?

Esta pequeña historia es para  que pienses si tú puedes sentir compasión por el pollito temeroso y comprenderlo, si crees que él tenía más mérito que sus hermanos a la hora de enfrentarse a cualquier acción nueva durante su desarrollo, y mira si te juzgas a ti misma/o en situaciones similares de tu vida, y qué te dices acerca de tus dificultades.

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