el árbol y la vida

Esta es la historia de una niña que vivía en el campo. Cerca de su casa había un hermoso árbol que destacaba y al que ella le gustaba contemplar.
El árbol y la niña se desarrollaron al mismo tiempo, ya que cuando ella nació, sus padres acababan de plantar la semilla que no tardó demasiado en germinar.
Cuando el sol empezaba a calentar un poco, invariablemente aparecían unos pequeños nudos en las ramas que se iban convirtiendo en bultos, primero del mismo color que el tronco y poco a poco empezaban a verdear hasta coger un tono más claro. Se iban hinchando y de ellos surgían como si un mago estuviese tocándolo con su varita, hojas diminutas y tiernas, que iban creciendo sin que fuese perceptible que algo estaba sucediendo. La niña no dejaba de maravillarse ante la sorpresa de que una mañana, el árbol estaba cubierto de hojas de distintos tonos de verde, y que después, con el calor más intenso venían las flores que se abrían al aire felices por existir. Y cuando la luz del día se alargaba más, las flores dejaban paso a un pequeño fruto, que apenas se distinguía por su color, del resto del árbol. Era aún necesario que pasase más tiempo para que éstos creciesen lo suficiente, tomando volumen y una tonalidad propia. Sin que fuera demasiado evidente, los días se acortaban y poco a poco el aire era más frío, las hojas tomaban tonos dorados, anaranjados, marrones, incluso negros, y más adelante se soltaban cayendo en espiral hasta cubrir la hierba, debajo de las ramas que parecían manos extendidas hacia el cielo. Llegaba la lluvia que más tarde se iba solidificando en copos. Helaba. Las ramas se cubrían de una gruesa capa blanca bajo cuyo peso, el árbol parecía sin vida. Desnudo, solo y erguido, al empezar el calor, cuando la nieve se aguaba formando charcos y barro, de nuevo comenzaba el ciclo. El árbol revivía con fuerza e ímpetu como si nada hubiera pasado durante todo este tiempo de factores adversos.
A medida que iba creciendo, la niña lo observaba y lo reconocía como algo que le proporcionaba estabilidad, pues siempre estaba ahí. En cada momento del año, día tras día, iba viendo como alternativamente el árbol se vestía y desvestía, cambiando su apariencia aunque siempre fuera el mismo. También se divertía observando cuánto más alto estaba, pues hacia bastante que la adelantó en la carrera: aunque ambos seguían creciendo y el árbol lo hacía a un ritmo lento en apariencia, era mucho más grande que ella. Aprendió con el tiempo que no debía coger la fruta antes de que empezase a despedir un olor dulzón, pues su experiencia de probarla cuando era demasiado pronto, no le gustó demasiado. Sabía que su paciencia tendría recompensa y que el fruto sería mucho más sabroso. Cuando el calor hacía necesario descansar a su sombra, ella lo sentía cercano y casi como un amigo. Estaba segura de que se comunicaban sin palabras, que se había establecido una relación entre ambos.
Llegó el día en que la niña ya hacía tiempo que había dejado de serlo. Era el momento de que se marchase a vivir a su propio hogar, lejos de allá. Antes de salir de casa de sus padres, se acercó al árbol, le pidió permiso para tomar uno de sus frutos y llevárselo con ella, lo rodeó con los brazos y se despidió de éste por una temporada.
En su nueva vivienda, comió el fruto y guardó el hueso. Cuando llegó el momento oportuno lo enterró en una maceta, ya que no había grandes extensiones de tierra a su alrededor, pero sí un reducido jardín donde luego iba a trasplantarlo, recreando así la vida y perpetuando los cambios en el tiempo.
Y la semilla no tardó en germinar…

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