la niña que pintaba el mundo de colores

En un lugar cualquiera de una ciudad cualquiera de un país cualquiera, nació una niña en una familia cualquiera. Nada hacía prever que esa niña sería todo menos cualquiera.
 A medida que fue creciendo, la niña se dio cuenta de que tenía una facultad extraordinaria porque los demás no podían hacer lo mismo que ella, ya que hasta entonces había sido algo tan natural como respirar y creyó que todo el mundo estaba capacitado para ello. Esa facultad consistía en que cuando algo no le gustaba podía pintarlo de colores con tan sólo su pensamiento. Cada vez que iba a un lugar que le parecía feo y veía alguna situación que no la complacía, les ponía color para adornarlos. Pintaba mentalmente con la misma facilidad con que el arco iris deja su transitoria marca en el cielo durante los días de lluvia y sol. Así pues, se acostumbró a utilizar una paleta de bellos pigmentos intentando cambiar la realidad, si ésta no era de su agrado.
Pero cuando estaba triste, estaba triste y no podía remediarlo. O cuando pasaba un tiempo, algo que había pintado volvía a ser como antes. Como además de tener esta capacidad extraordinaria, era inteligente, pronto tomó conciencia de que por mucho que disfrazase la realidad con vivos y estupendos colores, había algo que permanecía tal cual y que en su interior perduraba la misma sensación de vacío, o de tristeza, o de angustia, o de incertidumbre, o de temor. Dando vueltas al tema, llegó a la conclusión de que no podía cambiar permanentemente lo de fuera por mucho que se empeñase, sino que tenía que poner colores por dentro: aprender a pintar su alma. Y así lo hizo. Empezó probando y experimentando, ya que nadie le había explicado como debía utilizar su especial don de otra manera, pero al ser algo que estaba en su naturaleza, acabó descubriendo sola como hacerlo. 
Habían transcurrido años y la niña ya dejó de serlo para convertirse en una joven y más tarde en una mujer. Se volvió una experta en colorear su alma, en aplicar hermosos matices en ella, y eso, sorprendentemente, fue lo que transformó  la realidad que tenía, su entorno, las personas que la rodeaban. Y no quiso guardarse este descubrimiento para ella sola, pues aunque aparentemente nada había cambiado, todo cambió desde que en lugar de pintar fuera, empezó a llenar de colores su alma. Y desde entonces dedicó su tiempo a enseñar a otras personas como hacerlo, a que descubrieran en sí mismas esa capacidad que nadie antes les había dicho que existiera. Algunos lo consiguieron y otros no, pero todos quedaron satisfechos al expandir su visión del mundo y de la vida y eso les ayudó a que comprendieran lo que antes no conseguían ver.

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